renglones torcidos     


Un señor con cabeza de televisión y tres italianos encumbrados
José Julio Valdez


        Soñé que me dormía, y comenzaba a soñar en italiano. Terminó el sueño del sueño, luego desperté. Entonces me encontré dentro de un cuarto medio oscuro que olía a pasta preparada según las recetas originales. El cuarto tenía tres puertas, impregnadas con el mismo olor; parecían a punto de abrirse. Continué pensando en italiano, y hasta podemos decir que experimentaba emociones extranjeras. Se abrió una de las puertas y entró Pier Paolo Pasolini, tenía los cabellos desarreglados –era muy joven; en los sueños la juventud no es atributo escaso- y vestía unos pantalones blancos y amplios, muy sucios. Se sentó en una silla de bolonia y empezó a hablar. Yo no entendía muy bien lo que decía, además el tono era elevado y se expresaba con mucha prisa, con la energía de quien sabe de lo que habla. Lo interrumpió la llegada de Cesare Pavese. No había rastros de suicidio en su semblante, pero estaba triste, hasta podíamos decir desolado, con esa desolación que se acumula con décadas de convivencia con la muerte forzada (que por serlo se empeña en no dar respuestas). Su silencio silenció al otro. Pavese se sentó sin prisas en una silla de Turín. No abrió la boca pero sus ojos hicieron que yo me reacomodara en mi lugar y sonriera como sonríen los tontos cuando la inteligencia los aprieta. En el momento en que Pasolini iba a reemprender su perorata, se abrió la tercer puerta y apareció Italo Calvino con sus pómulos salidos y con su sonrisa que siempre engaña. A mí me dijo buenas noches, a Pasolini le dijo buenas tardes y a Pavese le dijo buenos días. Calvino se sentó en una silla que olía a ron antiguo.“Vittorini no viene; a nadie se le ocurrió inventar la puerta cuarta”, nos informó con voz reposada. Lo único que se me vino a la cabeza en ese momento fue que semejante frase no correspondía al corpus calviniano.

        -Bueno, vinimos a hablar de la tragedia que intuimos de conjunto –habló Calvino, sin dejar de sonreír pero con la entonación que no admite distracciones-, y vamos a descifrarla.

        La tragedia consistía en que un señor con cabeza de televisión le decía a un capo nazi que parecía diputado de la Unión Europea. El nazi, ofendidísimo, tomó la metralleta que llevaba en la espalda y disparó cientos de balas que se impactaron a lo largo del cuerpo del señortelevisión. En la pantalla apareció un rostro que no paraba de carcajearse. El nazi, más enojado y ya sin balas, comenzó a golpear con la culata de su arma la parte superior de la tele. Las carcajadas ganaron en volumen lo que el soldado iracundo perdió en ánimo.

        El primero que dio una explicación fue Pasolini. Con su jerga llena de palabras anacrónicas, tales como “burguesía” o “fascismo”, elaboró una serie de puntos que conducían irremediablemente a lo que él llamó la última fase de la tiranía: el consumismo. Calvino, desesperado desde el principio por tomar la palabra, no esperó más de dos segundos luego que el otro calló para exponer su punto de vista –que no difería, excepto por la forma, del que recién habíamos escuchado-, mismo que todos disfrutamos por la manera en que adornó media docena de ideas extraordinarias. Pavese, con su mirada de antiurbano sagaz, resumió con un par de frases su sentir respecto a todo aquello. Nos quedamos sin palabras.

        Pasaron varios minutos donde sólo pronunciamos monosílabos que no encajaron del todo en aquella circunstancia anómala pero predecible. La tragedia, analizada por explicadores respetables, no modificó su esencia (como si las revisiones sesudas fueran garantías de algo). Entonces todos experimentamos un pavor nuevo, que sólo conocíamos por referencias: la duda de si las explicaciones correctas eran capaces de transformar situaciones reprobables. Nos aterró la certeza de que las carcajadas de la televisión crecerían tanto que finalmente ahogarían las ideas perfectas.

        Uno a uno de los presentes fueron saliendo de aquella habitación, y no en el orden en que habían aparecido. Me quedé solo y esperé a que me llegara el sueño. Tanta realidad me había mareado.


José Julio Valdez
Guadalajara, México. 1970.
Estudió Relaciones Industriales y posteriormente Psicología. Fue periodista para MURAL en los inicios de este periódico. Actualmente es colaborador para el INFORMADOR, en Tapatío Cultural, donde publica cuento principalmente, y ensayo. Es psicólogo clínico. Ha dado clases de literatura a nivel preparatoria -UdeG, en Chapala-. Coordina el taller literario Nueva Literatura Mexicana. Entre los textos a publicarse, está la novela "DOKTOR PSIQUIATRA", escrita por Dante Medina y con colaboraciones psiquiátricas y psicológicas de Rafael Medina, Carlos B., y José Julio Valdez.


03
oct