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Los pinos erguidos eran demasiado marciales para el gusto de Micaela.
Sin embargo el verde oscuro lastimaba su percepción, sospechaba que naufragaban
azules necesarios, sacrificados graciosamente sin destino cierto.
Las dunas le generaban, por otra parte, cierto vértigo desaliñado
descendente que le traía mariposas al estomago. Se detuvo en la cima de
la meseta y hundió sus pies en la arena.
El sol disparaba rojos sangrantes sobre el agua; la costa, detrás,
era una negra silueta sinuosa que reptaba en el horizonte. El mar concedía
treguas que aislaban silencios ensordecedores.
Ella ajustó la brevedad del bikini azul cobalto, casi furioso, que
se apretó contra su esbelta figura para cincelar la piel dorada. Contempló
largamente el brindis que restallaba con fulgores nuevos, apelando a la
paleta mágica de un pintor borracho, que parecía ostentar las gamas impensadas,
mostrando la de los fuegos consumados.
Era majestuoso, un volcán invertido que golpeaba las puertas del
cielo. Micaela estaba del otro lado de la bahía y caminó lentamente, dejando
que la decisión fuera casual y no causal. Sabía que del otro lado, los
cambios de luces del día la dejarían a mitad de camino si decidía regresar.
Se propuso, repentinamente, que si encontraba la puerta submarina,
no regresaría, sin conocer siquiera donde estaba ni a que daba.
Se calzó y ajustó a su nuca los botones que cierran el equipo de
visión nocturna para nadar y luego se dejó deslizar aguas adentro. El mar
depositaba calma sin plazos. Parecía una postal verde aceitosa, visión
serena de un lago posible, pero en una calma dada.
Entre la costa y el islote teñido de rojo, la distancia no era muy
grande, pero se tomó su tiempo. El viejo pescador que salió a buscar su
tiburón blanco, fue quien le contó de la puerta. No fue muy claro. Tal
vez intentó no serlo. Lo cierto es que esa mañana mientras acomodaba la
red, quizás suponiendo alguna demora imprevista llamada naufragio, le incitó
a hablar.
Mirando al mar y oliendo el viento de la mañana, entrecerró los ojos
celestes vivaces, pese al tiempo y la sal que impregnaban la piel tirante,
puede que para ocultar otros significados, mientras la doblaba casi amorosamente,
comenzó a hablar en voz baja.
La trataba como si no estuviera, así fue su relación desde la primera vez que la encontró sentada en la piedra plana y alta, desde donde el mar hace un recodo con forma de ala. |
José Luis Martínez Medellín |
Depende la altura de la marea casi en el oriente del islote, y con
una frecuencia desconocida, se aparece la puerta brillante de madera blanca,
que da a otro sitio. No siempre está, parece como que aparece y desaparece.
Cuando la bahía está quieta suele ser el mejor momento, le dijo y se fue.
No le dejó tiempo para preguntar cómo puede haber una puerta bajo
el mar y en la piedra de un islote fantasma. Además, porqué se lo contaba
a ella, más otra multitud de interrogantes, que no pudo precisar porque
se dio cuenta que en realidad, puede que ni siquiera haya hablado para
ella.
Desde aquel día supo perder de vista el recuerdo de esa charla, hasta
este día. Fueron tiempos tormentosos para el alma.
Micaela braceaba con ritmo y se desplazaba armoniosa pero sin ansiedad.
La ráfaga que apareció cuando su cabeza despegó del agua era en extremo
salobre, depositó su mejilla contra la superficie líquida y se supo cerca
de la costa. El sol se había parapetado, como espiando sus movimientos.
Decidió que los últimos metros los haría de espaldas, estilo que
se ajustaba a su código de placer; una línea azul, su cuerpo, sobre un
fondo verde estampado y sobrevolado por gaviotas de lánguido planeo; mientras
lo hacía de cara al cielo, no dejaba de sorprenderla advertir el guiño
pálido de las estrellas, que avanzaban sobre la tarde que declinaba cortesías.
Giró sobre sí y a su izquierda pudo notar un borde blanco parpadeando
bajo la superficie. Su corazón casi se detuvo y cierta ansiedad creciente
le hizo aguzar la mirada. El blanco fue ganando precisión hasta tomar la
forma de la parte superior de una puerta. Abrió y cerró repetidamente los
ojos, no creyendo posible lo inexplicable.
Metió la cabeza entre sus brazos y se sumergió.
Una breve angustia la acosó ¿y si se perdía en la nada?
Se dijo, me estoy volviendo loca, como se va a perder algo que no
existe, porque no existe, ¿no es cierto? Se repreguntaba casi sin darse
tregua. Iba con los brazos extendidos y los ojos bien abiertos, no quería
que nada se le perdiera.
Hasta que finalmente allí estaba. No tenía la altura de una puerta
normal. Estaba adherida a la piedra y conservaba, sin deterioro, un picaporte
que le pareció de bronce. Sintió una reunión de soledades que se daban
cita frente a la de sus sentidos.
Se miró, luchando con la tentación de golpear a esa puerta submarina,
lo hizo y ningún sonido escuchó, agitó su cabeza y una larga burbuja subió
a la superficie por el caño que, desde su boca, subía para parecer un periscopio,
la cien milésima parte de un murmullo.
Movió sus piernas de forma de mantenerse erguida y con sus dos manos
intentó girar el picaporte. Este cedió sin esfuerzo. Retrocedió un segundo,
segura que algo saldría de su interior y nunca, que detrás de sí pudiera
precipitarse el agua. No quería explicarse de donde sacaba certezas de
lo desconocido. Le pareció que la oscuridad interior era transparente,
como si estuviera frente a un espejo.
Tomó impulso y decidió ingresar con el corazón latiendo aceleradamente.
Le pareció que, como un holograma, su cuerpo era absorbido por una fuerza
extraña que todo lo sellaba, incluso una vez que ingresaba.
Se puso de pie para comprobar que el piso estaba seco, liso, rojo
y a su frente, una suerte de muro daba lugar a la puerta siguiente, pero
esta era corrediza cuando deslizó sus manos sobre la superficie y, en silencio,
se abrió para darle paso a la luz que la cegó por un momento.
Se armó de coraje, cerró sus ojos para habituarse al cambio, irguió
su cabeza, volvió a abrirlos y el esplendor fue más fuerte que su voluntad,
el poder del tiempo perdido la estaba aguardando.
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